Nuestra Historia

La historia de Juan

Yo nací en una tierra muy hermosa llena de montañas, verdes valles, lluvia y niebla. Vivíamos al lado de la playa en un pequeño pueblo llamado Salinas. Un pueblo seguramente como otro cualquiera, pero con una particularidad, era mi pueblo, y una parte crucial de mi vida hunde sus raíces en aquel lejano lugar del norte de España. Desde que tengo uso de razón el mar ha estado presente en mi vida. Un mar bravío y rebelde. En las frías noches de invierno, cuando el viento rugía y la lluvia golpeaba los cristales, el bramido del mar se mezclaba con la sirena del faro de San Juan, mientras yo, arropado por las sábanas, imaginaba historias de naufragios y barcos fantasma.

Toda la familia vivíamos en la vieja casona familiar, y cuando digo “toda”, me refiero a mis padres, mis tres hermanos, mi abuela, mi tía abuela, y mi bisabuela. Cada mañana “guelita” rompía el silencio con el ronroneo del molinillo de café, un café molido a mano y colado en manga, con un aroma como no lo he vuelto a sentir desde entonces, pero que aún asocio con mi infancia. Desde luego era otra época, pero después de 40 años y aun con todo el progreso, sigo añorando la tranquila cadencia de aquellos tiempos. Supongo que opino igual que Jorge Manrique “Como a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor.” La cocina de nuestra casa todavía era el hogar, allí mi abuela también cada mañana, preparaba las piñas de pino, las astillas de madera y el carbón. Después cuando la chapa se calentaba era como si cobrara vida, crujía y se arqueaba ligeramente, mientras el negro carbón se iba volviendo rojo. Por eso los recuerdos más tiernos de mi infancia están asociados a esos momentos cotidianos, vivencias, lugares, situaciones.., todo ello es mi legado, forma parte del baúl de mis recuerdos, de mi historia personal, de un tiempo que ya no volverá y que pertenece al pasado, aunque sigue marcando mi presente.

Así crecí y aunque no recuerdo muy bien en que curva del camino tomé la dirección equivocada sí recuerdo el día en que empecé a dejar de darles un beso de buenas noches a mis padres. Ellos pertenecían a la generación de la postguerra, y con la poca información que tenían, nos educaron de la mejor manera que supieron. Hasta donde pudieron llegar, fueron fieles, y desde estas páginas honro su esfuerzo y dedicación por sacarnos adelante.

El final de los años setenta fue la última etapa de la filosofía Hippy, «haz el amor y no la guerra», «el LSD y la marihuana te harán libres», etc. Todo ese ambiente de comunas y jóvenes viviendo «libertad» me embrujaba y así fue como empecé a fumar los primeros porros; era algo diferente y por aquel entonces la droga iba disfrazada de una filosofía hedonista y a la vez contestataria que aún no había mostrado su faceta más dura. Por eso mis primeras experiencias con la droga no fueron consecuencia de una familia destrozada, o del paro, o de la falta de futuro y motivaciones, no, mis primeras experiencias asociaban la droga con un estilo de vida. Pero los sueños de «un mundo feliz» poco a poco se fueron disipando y la droga comenzó a enseñarme sus dientes, llegó la cocaína, la heroína…, fue como caer de repente en un pozo, todo muy rápido…

Aquel joven desencantado al que la vida había engañado, volvía a casa cada noche, su aspecto era de «duro» y su indumentaria agresiva, pero cuando se quitaba la cazadora de cuero y las botas, aparecía su verdadera identidad: era sólo un muchacho asustado con una gran necesidad de amor y comprensión.   Recuerdo noches donde la soledad se hacía tan real que casi podía tocarla, noches desesperadas de no creer que la vida fuese sólo eso. A veces soñaba y en mis sueños veía un valle hermoso donde todo estaba en orden y yo en paz conmigo mismo, disfrutando…, cuando me despertaba y comprobaba que mi realidad seguía siendo tener que mentir, tener que robar, tener que sufrir por llevar ese tipo de vida; entonces me echaba a llorar, mi situación era realmente desesperada. Fue una época oscura, ahora recordada con tristeza por los años perdidos, pero también con nostalgia pues no todo fue negativo, tuve la valentía de quitarme la cazadora de cuero y mirar al interior…

Fue en el verano del 88 cuando sucedió. Ellos venían de un pequeño país del norte de Europa, sin yo saberlo iban a ser instrumentos usados por Dios para traer libertad a mi vida. Mis primos estudiaban teología y pertenecían a esa rama de renegados católicos que llamaban protestantes. A mi no me iba su «rollo» pues la idea que yo tenía de Cristo estaba distorsionada y asociaba todo lo referente a religión con prohibiciones y penitencias, con silencio y oscuridad, con olor a incienso y beatas de rosario. El Dios que me habían vendido era lejano y severo, yo lo temía.

Fue un verano caluroso aquel del 88, incluso en Asturias mi tierra. Recuerdo a mi primo llegar a la granja empapado en sudor a hablarme de su Cristo. La granja estaba en la montaña pertenecía a mi hermano y por aquel tiempo yo era su único habitante, estaba allí con el propósito de dejar la droga una vez más (lo había intentado muchas veces pero sin resultado) Cuando él llegaba a hablarme del evangelio sus palabras tenían algo mágico, me calmaban y eran como un bálsamo a mis heridas. El Dios que me estaban presentando era muy distinto al que yo creía conocer, este Cristo al que mi primo parecía conocer tan bien, era alguien cercano y amable, alguien familiar que me extendía la mano para llevarme a casa.

Entonces tenía 26 años. Durante aquella semana me explicaron el evangelio con detalle, yo bebía cada palabra y me daba cuenta de que Cristo era la libertad que tan desesperadamente buscaba por otros caminos. Pero el evangelio tiene un final y después exige un compromiso, no puedes quedarte indiferente, o lo abrazas o lo rechazas, pero debes tomar partido. Recuerdo que tenía mucho miedo pues aunque sabía que allí estaba la verdad, no me sentía a la altura de lo que me exigía, tenía miedo de fallar, no tenía confianza en mí mismo y creía que sólo contaba con mis propias fuerzas. Así que le dije a mi primo que me dejara tiempo para tomar una decisión, que era algo muy importante y no podía actuar a la ligera.., pero en realidad sólo era una excusa pues yo no quería tomar una decisión, me aterraba el compromiso. Pero Dios tenía otros planes, mi primo me dijo que tenía que tomar una determinación esa misma noche pues él se iba a Bélgica y no quería dejarme sin saber por qué camino había decidido dirigir mi vida. Sin duda que aquella, fue la noche más larga de mi vida.

Sí, hacía calor aquel verano del 88, incluso allí bajo las estrellas en aquella granja escondida en la montaña. Yo estaba sudando, a veces se tiembla de miedo, pero yo estaba sudando y no sólo por la temperatura de la noche, ¿y si es todo una mentira?, ¿y si vuelves a la droga una vez que ellos se vayan?, esas preguntas y dudas martilleaban mi cabeza insistentemente, yo no quería comprometerme, tenía miedo, no me sentía capaz, ¿por qué tenía que definirme?

El tiempo pasaba lento, también él parecía cansado, la película de mi vida pasaba por mi mente, mis recuerdos de la infancia, mis fantasías, la dura realidad de mi adolescencia y juventud…, entonces hice algo, algo decisivo que me ayudó a poner las cosas en su sitio, me imaginé una balanza de esas con un platillo a cada lado. En uno puse todo lo que yo había recibido del mundo en 26 años de vida, y comprobé que tenía que ver con soledad y frustración; en el otro platillo puse tan sólo una semana de lo que yo había escuchado acerca del evangelio; tenía que ver con compañía y esperanza. Entonces lo vi claro pues sólo una semana conociendo de Cristo y su amor inclinaban la balanza a favor suyo contra 26 años de vida sin Él.

Aquella noche, el 8 de Septiembre de 1988 entregué mi vida a Cristo con plena conciencia del paso que daba y del compromiso que adquiría, tuve el coraje de pedirle que guiara mi vida y la valentía de renunciar a la que había llevado hasta ese momento. ¡Entonces no podía ni imaginarme lo que Dios iba a hacer conmigo…!    «Porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado»

Consciente de que necesitaba orientación y buenas compañías, mi primo me invitó a irme con él a Bélgica. De manera que preparé una pequeña maleta y nos fuimos. A nuestra llegada me alojé en el Instituto Bíblico donde mi primo estudiaba. Se trataba de un antiguo monasterio, era un edificio imponente rodeado de bosque y jardín, donde los monjes con el paso de los años habían plantado árboles y plantas de todo tipo y tamaño. De repente me vi envuelto en un ambiente de jóvenes cristianos comprometidos, que estaban allí para prepararse bíblicamente y poder servir mejor al Señor, ¡No me lo podía creer! De ser un chico sin rumbo ni esperanza y atrapado en la heroína, pasé en cuestión de varios días, a convertirme en un hijo de Dios con dignidad, y a vivir en un lugar donde me encontré rodeado de personas con un llamado y deseo de trabajar para el Señor. Los 15 días iniciales se fueron alargando y convirtiéndose en todo un año lleno de descubrimientos, vivencias y crecimiento, fue una auténtica luna de miel con el Señor. Cuando me bauticé, la Sra. Moreland me regaló un cuadro con un versículo bordado, que desde luego, era para mi, “Si alguno está en Cristo nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas.” 

Poco después y ya en España inicié los trámites para estudiar en el seminario en Barcelona, tenía un llamado claro a servir y no quería dedicar mi vida a otra cosa. Allí conocí a María del Mar, “la chica de la eterna sonrisa”, y después de dos años de noviazgo, con muchos ajustes y dificultades, nos casamos, iniciando una historia que sigue escribiéndose y donde seguimos creciendo, aprendiendo, madurando… Hoy nuestro amor es más sólido que entonces, y supongo que esa es su grandeza: el amor nunca se acaba, el amor nunca deja de ser…


La historia de María del Mar

Al leer el testimonio de Juan me doy cuenta que yo no viví nada parecido a él, ni tan dramático ni tan duro. Yo no conocí a Juan en esa época oscura donde tuvo que pelear contra un gigante que vez tras vez lo vencía. Es más, aún pienso en ello y me cuesta creer que ocurriera. Cuando lo conocí él ya era esa persona auténtica, jovial, fresca y sana que siempre ha sido. De hecho si no es porque su familia me lo explicó y fotos que lo confirman, no creería que hablamos de la misma persona, pero así es, porque como el propio Juan  sabe muy bien “Si alguno está en Cristo nueva criatura es.” Sin embargo aunque nuestros trasfondos, contextos y apariencia  externa eran muy distintos, en nuestro interior ambos teníamos la misma necesidad, una necesidad profunda de algo más, de respuestas, de auténtico significado y propósito para nuestras vidas. En mi aparente normalidad, yo estaba tan perdida como Juan, buscando desesperadamente respuestas a una existencia que me parecía rutinaria y sin sentido.

Como dije al principio, nací, viví y crecí en mi pueblo, Puente Genil, hasta que a los 18 años me trasladé  a Córdoba para estudiar magisterio y de ahí, ya “empecé a volar” por muchos lugares diferentes. Mi infancia transcurrió de una forma bastante “normal” y tranquila. La vida transcurría día a día en una monotonía bastante predecible. En casa éramos siete, con la abuela y la “tata”, que era la hermana soltera de mi madre. Éramos una familia típica de esa época,  que luchó mucho por salir adelante.

El primer choque fuerte de mi vida lo tuve a los 11 años. En pocos meses mi “tata”, a quien yo me sentía muy unida, con apenas 45 años, se murió de forma repentina. Pocos meses después murió abuelita, yo creo que de pena, y ahí resurgió fuertemente lo que ha sido una constante en mi existencia: la búsqueda de algo más, la búsqueda del auténtico sentido de la vida.

Si algo me ha caracterizado en los años de mi infancia fue una mezcla difícil de equilibrar. Por un lado era una chica dócil, fácil de llevar, pero por otro tenía un inconformismo interno con casi todo. Recuerdo que en casa me decían que era “rara”, tal vez porque no asumía “porque sí” los patrones y modelos que todo el mundo seguía. Siempre pensé que la vida era más que vivir y morir así sin más, como se había muerto mi tata. Eso me llevó a tener muchas inquietudes personales sobre el por qué de la vida, para qué estamos aquí, y sobre todo, ¿qué pasa después de la muerte?

Yo siempre pensé que era cristiana, como casi todo el mundo en España, es lo que me enseñaron. Cumplía con todos los requisitos, fui bautizada en la iglesia católica, hice la comunión y cuando tenía 16 años me confirmé. A mi manera tenía una relación con Dios, iba a misa de vez en cuando, a veces yo solita me metía en una iglesia y me arrodillaba porque de alguna forma para mí ahí estaba Dios. Recuerdo que tenía a la cabecera de mi cama un poster que curiosamente era como una pintura del rostro de Jesús y después daba una descripción de él. Yo lo leía con mucha frecuencia y recuerdo que al final había una frase que siempre se me quedó grabada: “…si lo encuentras sigue sus huellas.” En aquel momento yo leía pero no entendía. Hoy entiendo que todo fue un proceso de búsqueda y como bien dice la propia Palabra de Dios: “todo aquel que busca halla.”

Un día a los 16 años, estando en clase de religión, recuerdo que el cura nos trajo una cinta de audio que contenía uno de los evangelios leídos, al escucharla me gustó tanto que se la pedí para volver a escucharla en casa. Sin yo saberlo… ese fue el comienzo de mi historia personal con Dios. Aunque en casa tenía una Biblia nunca la leí ni se me pidió leerla, pero al escuchar esas palabras del evangelio, se despertó en mí un interés genuino por conocer más de ese libro, interés que duró un tiempo pero se durmió. No fue hasta que tuve 21 años, estando en mi último curso de magisterio, que por primera vez en mi vida encontré las respuestas a todas mis preguntas. Sin saber realmente que estaba buscando, Dios una vez más llamó a la puerta de mi corazón y esta vez sí era el momento para mí.

Fue a través de una compañera de clase que era cristiana, un poco “rara a mis ojos”  porque se llamaba protestante y evangélica y yo no sabía qué era eso. Ella me presentó a otros jóvenes cristianos, gente que vivían un cristianismo nuevo para mí, como muy natural y normal, y a la vez muy personal. Era como que Dios estaba presente en sus vidas y en sus conversaciones en cada momento, y eso me atrajo. De alguna forma yo quería tener “eso” que ellos tenían y no sabía qué era, me transmitían paz, confianza, seguridad… Les dije que yo era cristiana católica, ellos me dijeron algo que nunca he olvidado y que al día de hoy sigue estando muy presente en mi vida: “no importa lo que creas lo que importa es a quien creas, a quien tienes en tu corazón; no te hablamos de una religión sino de una relación nueva con Dios.” Esas palabras me hicieron pensar mucho, empecé a plantearme qué tipo de cristianismo vivía, en qué estaba basado y ahí comencé a leer ese libro desconocido hasta entonces para mí, la Biblia. Hubo un texto que transformó y sigue marcando mi vida al día de hoy, Juan 8:32: “Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”.

Tengo que decir que esa Verdad, que es Jesús, transformó mi vida y me dio la auténtica libertad, libertad para elegir, libertad para decidir, libertad para ser yo misma.  A pesar de las dificultades de la vida, me siento satisfecha por no tener una religión, sea católica o protestante, sino una relación con un Dios vivo, cercano, personal, que como un escultor que tiene en mente la imagen que quiere conseguir, la va esculpiendo en mi persona: carácter, actitud, enfoque de la vida… Sé que Dios aún no ha terminado su obra conmigo, aún le queda mucho por pulir de mí, por cambiar, transformar, y cuando a veces veo que no doy la talla, me recuerdo que Dios sigue trabajando, que aún no ha terminado. Dios no busca personas perfectas, ninguna lo somos, pero sí personas moldeables, con las que pueda trabajar, y así quiero ser yo. Personalmente no me gustan los apellidos para el cristianismo,  para mí sólo existe una forma de ser cristiano: vivirlo en nuestras vidas cotidianas con consecuencia y entrega, aún con nuestros fallos personales que mientras estemos aquí siempre los tendremos, pero perseverando en el camino y sabiendo en quién hemos creído.

Al poco tiempo de terminar magisterio me fui a Barcelona a estudiar teología, allí conocí a Juan, como dije al principio del libro, una relación no fácil ni evidente, pero tras casi 27 años de matrimonio puedo decir que él es el hombre de mi vida. Con mis virtudes y defectos, con mis fallos y aciertos he aprendido a amarlo, respetarlo, valorarlo y hoy tengo que decir que no concibo mi vida sin él, es mi complemento, mi ayuda idónea, quien llega donde yo no llego y quien me ha retado y animado para seguir creciendo en muchas áreas de mi vida, ¡Gracias Juan!

Pero sobretodo en estas líneas quiero dar gracias al Autor de la vida, quien un día me hizo despertar para vivir y conocer lo que implica y significa ser cristiano. Ya no tengo una religión sino una relación con alguien que me transformó, que está vivo y con quien puedo hablar como con un amigo. Son muchas las cosas que he descubierto en el libro de los libros, la Biblia, pero me quedo con una de sus muchas promesas que me alienta en los tramos difíciles del camino: “Yo estaré contigo, [M.Mar] todos los días hasta el fín del mundo.”  Es su fidelidad continua vista en todos estos años la que me mantiene y anima para seguir caminando con ilusión y esperanza, pero sobre todo con  la seguridad de que lo mejor en esta vida está por venir. El cristianismo no es una fórmula mágica que te soluciona todos los problemas, ¡no! implica sufrimiento, compromiso, en muchos casos ir contra corriente; pero a la vez es vida plena y vida abundante, una vida no basada en lo que tienes o haces, sino en tu identidad: hijo/a de Dios, y eso… ¡lo cambia todo! Vida de riqueza interior, porque sabes tu origen, tu propósito y tu destino final, eso te hace vivir con esa riqueza interior que sólo Jesús nos puede dar.

Desde estas líneas… a mis compañeros de camino, a todos aquellos que habéis recorrido un trecho de este camino de la vida a mi lado; a los que me habéis alentado, enseñado y especialmente a los que me habéis hecho ser consciente de mis errores…¡Gracias! y seguimos adelante haciendo camino y empeñados en la labor de seguir ayudando a formar y construir familias sólidas.